La guerra de trincheras se desarrolló principalmente entre 1914 y 1918 durante la Primera Guerra Mundial. Esta táctica surgió como respuesta a la peligrosidad de combatir a campo abierto debido al avance de nuevas armas como las ametralladoras y la artillería.
Los ejércitos excavaron largas líneas defensivas para proteger a los soldados del fuego enemigo. Estas fortificaciones permitían protegerse de los ataques, defender las posiciones, disparar al enemigo y mantener el territorio ocupado.
La vida en las trincheras era extremadamente difícil, marcada por la exposición constante al frío, la humedad, el barro y la falta de higiene. Los soldados sufrían de enfermedades, falta de descanso y estaban bajo el constante asedio de bombardeos y disparos enemigos.
Una de las afecciones más comunes era el pie de trinchera, causado por la exposición prolongada de los pies al frío, la humedad y el agua, lo que podía derivar en gangrena. Además, las ratas eran un problema significativo, ya que se alimentaban de restos de comida y cadáveres, empeorando las condiciones sanitarias y transmitiendo enfermedades. Los cadáveres a menudo quedaban en la tierra de nadie, la zona entre las líneas de trincheras, hasta que las condiciones permitían su recogida y entierro.
Durante la Primera Guerra Mundial, se emplearon gases tóxicos como el gas mostaza, que afectaba principalmente la piel, los ojos y el aparato respiratorio, causando graves lesiones y problemas respiratorios. Para contrarrestar sus efectos, los soldados utilizaban máscaras antigás como medida de protección esencial.
En Nochebuena de 1914, en algunos sectores del frente, se produjo una tregua espontánea. Soldados alemanes y británicos en Ypres, Bélgica, dejaron de combatir, cantaron villancicos y se encontraron en la tierra de nadie. Intercambiaron comida, confraternizaron e incluso jugaron partidos de fútbol, una muestra breve de humanidad en medio de la barbarie.