La sangre es un tejido conjuntivo líquido que circula continuamente a través del sistema cardiovascular, transportado por los impulsos del corazón. En un adulto promedio, el organismo contiene alrededor de 6 litros de sangre, equivalentes aproximadamente al 7-8% del peso corporal total. Este flujo constante realiza funciones vitales esenciales: transporta nutrientes y oxígeno, elimina desechos y dióxido de carbono, distribuye hormonas reguladoras, mantiene la homeostasis química y térmica, y distribuye células inmunitarias para la defensa.
Cuando se centrifuga una muestra de sangre con anticoagulante, se separa en tres componentes claramente diferenciados. El plasma (~55%) ocupa la parte superior como un fluido amarillo pálido rico en proteínas. La capa tromboleucocítica (<1%) forma una delgada línea blanca intermedia donde se concentran los leucocitos y plaquetas. Los eritrocitos (~45%) se compactan en el fondo del tubo. El porcentaje de volumen que ocupan los eritrocitos compactados en relación con el total se denomina hematocrito.
Los rangos de hematocrito normales oscilan entre 39-50% en hombres y 35-45% en mujeres. Un valor inferior a estos intervalos indica anemia, es decir, una reducción en la cantidad de eritrocitos circulantes que puede originarse por pérdida de sangre, destrucción acelerada de glóbulos rojos o producción insuficiente en la médula ósea. En proporción, la sangre contiene aproximadamente 1000 veces más eritrocitos que leucocitos en un frotis normal.
El plasma sanguíneo es la matriz líquida extracelular de la sangre que contiene elementos clave para mantener la osmolaridad y el pH óptimos para el metabolismo celular. Su composición es aproximadamente 91-92% agua, 7-8% proteínas plasmáticas y 1-2% otros solutos. El agua actúa como disolvente universal para transportar todos los nutrientes y desechos. Los otros solutos incluyen electrolitos (sodio, potasio, calcio, magnesio, cloruro, bicarbonato), nutrientes esenciales (glucosa, lípidos, aminoácidos), gases sanguíneos (oxígeno, dióxido de carbono, nitrógeno) y productos nitrogenados de desecho (urea, ácido úrico, creatinina).
Las globulinas se dividen en dos familias principales. Las inmunoglobulinas (gamma-globulinas) son anticuerpos secretados por células plasmáticas para defendernos activamente contra patógenos. Las globulinas no inmunitarias (alfa y beta), sintetizadas en el hígado, contribuyen a la presión osmótica y actúan como vehículos especializados de transporte: la ceruloplasmina lleva cobre, la transferrina transporta hierro, y la haptoglobina captura hemoglobina libre. Este grupo también incluye fibronectina, lipoproteínas y factores de coagulación.
La presión coloidosmótica es la presión osmótica ejercida por las proteínas plasmáticas sobre las paredes vasculares, principalmente por la albúmina. Esta presión es fundamental para mantener la proporción correcta de volumen sanguíneo intravascular en relación con el líquido tisular extracelular. Si la concentración de albúmina disminuye significativamente —ya sea por pérdida en la orina, síntesis hepática reducida o malnutrición— la presión coloidosmótica desciende drásticamente, permitiendo que mayor cantidad de agua escape de los vasos hacia los espacios intersticiales. Este desequilibrio se manifiesta clínicamente como edema o hinchazón visible, particularmente en los tobillos al final del día.
Cuando se extrae una muestra de sangre sin anticoagulante, la coagulación ocurre inmediatamente, capturando los eritrocitos en una densa malla de fibinas. El plasma se obtiene centrifugando sangre tratada con anticoagulante (como citrato o heparina) para separar los componentes celulares. El suero, por el contrario, se obtiene permitiendo que la coagulación ocurra naturalmente y luego centrifugando la muestra para retirar completamente el coágulo con los factores de coagulación consumidos. Por lo tanto, el suero es plasma desprovisto de factores de coagulación.
Para la mayoría de las pruebas bioquímicas habituales, plasma y suero pueden utilizarse indistintamente. Sin embargo, se prefiere suero en exámenes específicos para evitar que los anticoagulantes interfieran con las mediciones. Nunca se debe usar suero para realizar pruebas de coagulación, ya que todos los elementos proteicos necesarios para la cascada de coagulación ya se han consumido durante la formación del coágulo.